Te pesas un martes, ves 600 gramos más que el domingo y se te cae el día. Conozco esa sensación y quiero desarmarla, porque está construida sobre un malentendido.
La báscula pesa todo
No distingue. Lo que marca por la mañana incluye tu agua, la comida que todavía estás digiriendo, el glucógeno de tus músculos y, sí, también la grasa.
Esas primeras cosas se mueven muchísimo de un día a otro:
- Una cena con más sal retiene agua durante un par de días.
- Un entrenamiento duro inflama el músculo mientras se repara.
- La semana previa al periodo casi siempre trae agua de más.
- Si comiste más carbohidratos de lo normal, tu músculo guarda glucógeno, y cada gramo de glucógeno arrastra agua.
Nada de eso es grasa. Toda esa variación puede ser de uno o dos kilos en gente que no cambió absolutamente nada.
Cómo leerla sin sufrir
Pésate siempre igual: al despertar, después del baño, antes de desayunar, sin ropa. Y no mires el dato del día: mira el promedio de la semana contra el de la semana pasada.
Un dato es ruido. Cuatro semanas son una tendencia.
Lo que la báscula no ve
Si entrenas fuerza, es normal que el peso se quede quieto durante semanas mientras tu cuerpo cambia de forma. Estás ganando músculo y perdiendo grasa a la vez, y el número no tiene manera de contarte eso.
Por eso el progreso se mide con más de una cosa:
- Tus medidas de cintura y cadera.
- Tus fotos, siempre con la misma luz y la misma pose.
- El peso que mueves en los básicos.
Si la cintura baja y en sentadilla subiste cinco kilos, el plan está funcionando, diga lo que diga la báscula esa mañana.
Cuándo sí preocuparte
Cuando el promedio de cuatro semanas se mueve en la dirección contraria a tu meta y tus medidas lo confirman. Ahí no ajustas el ánimo: ajustas las calorías.